
Fotos por: Nyd Valerio
Curioso ejercicio el de escuchar. Cuando oír es parte del día a día de las personas, pareciera que escuchar ya es un acto arraigado, sin embargo, uno no sabe que escucha hasta que su oído da un llamado de atención a la cabeza y comienza a interesarse por lo que sucede a su alrededor. No todos los lugares dan una experiencia digna de este ejercicio, sin embargo, si buscamos bien encontramos sitios que ofrecen esta experiencia e incluso van más allá de ello.
Así, la gente de Latitud 19°24’ la volvió a hacer, juntó a un público de aproximadamente doscientas personas, entre fieles seguidores y nuevos escuchas, para un episodio más de sus #LiveEtherealSession, ya todos unos ejercicios sensoriales por la calidad sonora y visual.
En sí mismo, entrar al museo es una experiencia estética, el edifico con arquitectura colonial se muestra sofisticado al visitante, por eso el entorno era el ideal para presentar las tres propuestas musicales que esta vez íbamos a escuchar: Luisa Almaguer, Camille Mandoki y Mercedes Nasta.
Desde el primer pie que Luisa Almaguer puso en el escenario dio muestra de su porte. Con botas altas, blusa formal y tras un Roland Luisa comenzó su presentación: un poco atropellada al inicio pues los asistentes que no terminaban de entrar distraían a la artista, pero Luisa, paciente, lo tomó con gracia, se presentó ante el público y agradeció la invitación. Su presentación puede calificarse como poética-melódica, pasiva-agresiva, sincera y cínica a la vez. Su interacción con el público fue constante explicando cada uno de sus temas.
Con un set que constó de cinco canciones, entre ellas su recién estrenado sencillo, “Al tiro”, Almaguer nos habló del final del amor, del amor no correspondido, del dolor que trae el enamorarse y de las pequeñas pero significativas anécdotas de cada vivencia amorosa. La artista es una “enamorada”, como ella misma se calificó, y así, como el amor, arrebatado y monstruoso, sus interpretaciones, que la hacían bailar por todo el espacio libre que quedaba en el escenario y que la hacían un punto de eterna atención, a su cuerpo y a su voz.

En contraste, Camille Mandoki llegó al escenario del Auditorio Pedro López, con la seguridad y despreocupación de quien sabe hacer suyo un lugar así, tan natural como si lo hiciera todos los días. Se colocó tras su portátil, micrófono y demás instrumentos. Comenzó. La interacción directa con el público fue nula, pero sin duda más de uno se estremeció con los matices que creaba su voz en cada canción, con cada sampleo, en cada secuencia, con cada inducción hacia una nueva corriente melódica que llevaba a viajes vertiginosos por un cosmos suave y brilloso, mismo que fue recreado por el VJ ALFA/MU en los visuales que le proyectó.
Mandoki, oculta en un lateral oscuro, dejaba fluir los sonidos como si tan sólo salieran de sus dedos pues con movimientos calmados se pasaban por los aparatos. Sólo nos hacía notar su presencia con los vaivenes de su increíble voz, por momentos dulces y por momento angustiante, como las canciones religiosas medievales. Y así, como cualquier cosa terminó su presentación, tomó sus cosas y salió por la entrada común. Sin dar al tiempo al público de digerir su partida y el vacío sonoro.

Mercedes Nasta cerró el concierto. Su figura, alta y de vestido largo y negro, junto con su voz mística tomaron el escenario lentamente, conforme su canto iba asentándose en la mente de los asistentes. El trío de músicos que la acompañaron en batería, contrabajo, xilófono y teclado hicieron surgir de sus instrumentos tal variante de ritmos y estilos que Nasta aderezo de una manera tan bella que no importaba si te inclinabas por la experimentación sonora o lo tropical, todo lo tenía y todo combinaba para el goce del escucha. Su cuerpo se movía ondeante en el escenario, suave, como los movimientos de las imágenes proyectadas detrás suyo. También regalaron a nuestros oídos su cover a “White Rabbit” de Jefferson Airplane, que esperamos graben algún día porque es difícil decir cuál de los dos es el mejor. Nasta se movía lentamente en cada canción, y su ropa como bruma negra la sostenía en su baile, así rodeándola se la llevó, ella brevemente se despidió y pidió un aplauso para sus músicos. Sensibles todos, ella dejó el escenario.
Una vez más las #LES fue más allá de oír y ofreció una experiencia de escucha llena de matices y emociones varias. Durante casi tres horas pudimos escuchar a tres intérpretes que con pocos elementos y su voz como principal nos hicieron vibrar entre las penumbras del lugar, seguramente será una presentación que raramente volveremos a presenciar, porque de los conciertos que abundan en la ciudad, con los instrumentos básicos de una banda de rock, este fue sin duda un show digno de dejarse escuchar.
